Esto es reciente. Hace unos días me pasó algo de este tipo. Estaba en una librería viendo qué libro me llamaba – porque muchas veces hago eso: voy a la librería y la recorro por sensaciones, y aunque vaya con una idea, a veces me llevo algún libro que nada que ver, o no me llevo nada -. Le pregunté al chico que estaba atendiendo si tenía el libro «Nacidos para Correr» de Mcdougall Christopher, y me dijo que no. Entonces le pedí que me indicara dónde estaba la sección de deportes, para ver qué encontraba ahí. Cuando nos acercamos al lugar me pide que lo espere, que tiene un libro para mostrarme que no estaba en esa sección, para ver si me interesaba. Vuelve con el libro en la mano y me lo entrega: «De qué hablo cuando hablo de correr», de Haruki Murakami. Me lo recomendó porque lo leyó cuando estudiaba el Profesorado en Educación Física. Lo agarré, leí la contratapa (no por dentro, porque estaba sellado), y mientras seguía buscando otro libro me lo quedé, esperando ver si me lo llevaba o no. No sentía el gran entusiasmo, pero sentía que por algo el libro que yo no busqué había llegado a mí. Y terminé comprándolo.
Cuando llegué a mi casa, empecé a ojearlo. Ema, mi marido lo mira y me dice: «me parece que ese autor lo había estado leyendo mi mamá». Betty, mi suegra, partió de esta vida hace poco más de un mes… y nos dolió un montón, porque aunque sabíamos que el final era inevitable, fue muy triste verla apagarse día tras día. Entonces Ema averiguó y descubrió para sorpresa de ambos que uno de los últimos libros que Betty leyó fue del mismo autor del libro que acababa de comprar. No se ustedes, pero yo creo en las señales. Siempre estoy atenta, y cuando veo una, la abrazo y la conservo, como un tesoro.
Después de haber leído el libro, de haber descubierto entre sus páginas palabras que describían con mucha precisión mis sensaciones a la hora de correr en lo cotidiano, a la hora de correr un ultra, me di cuenta de que Betty movió los hilos desde donde estaba para hacerme llegar ese libro, para seguir acompañándome. Porque ella fue una gran inspiración para mi, ya que el último tiempo de su vida, yo lo transite preparándome para las 100 millas del Patagonia Run. Y cada día que fui a correr, cada día que lo transité con cansancio, tanto que a veces aflojaba el paso, pensaba en Betty y me decía que si yo no aflojaba y seguía esforzándome, le iba a mandar esa energía a ella para que ella siga aferrándose a la vida. Y con cada amanecer, mientras corría en medio de la barda, o en la ciudad, sentía que era un día más donde ella le ganaba al cáncer. Cada uno de esos días Betty estuvo en mi mente y en mi corazón.
A veces, si nos detenemos un instante, podemos ver mucho más de lo que los ojos perciben. Nada de lo que pasa es por que sí, todo es por algo, y ocurre cuando tiene que ocurrir. En mi caso, no tenía idea de la existencia de este libro, y muy probablemente si lo hubiese visto hace un tiempo atrás, tal vez no lo hubiese comprado. Pero ese día en la librería me lo lleve, porque en mi interior sabía que había llegado a mis manos justo cuando yo más lo necesitaba.