Cuando pude, me fui de ahí. Me fui a vivir a otro lado. Pero por dentro, durante muchos años más, seguí ahí, del lado de adentro de ese portón, de esa casa donde viví tantos momentos duros, tristes, difíciles, donde por primera vez me descubrí a los 16 años con deseos de apagar mi luz, porque todo lo que le estaba pasando a mi mamá con su depresión era un montón para mí. Es como la imagen del elefante bebé atado a una estaca clavada a la tierra, que crece, se vuelve inmenso, y sin embargo sigue creyendo en el poder de esa estaca, que con solo tirar un poco ya puede sacarla de la tierra. Yo seguía creyendo que estaba del otro lado del portón. Y por muchos años tuve el fuerte deseo de que alguien me sacara de ahí. Pero quien me iba a salvar no estaba lejos mío… de hecho quien me vino a salvar fui yo misma. Yo fui mi rescatadora. Pero me costó mucho entenderlo.
Siempre viví muy de cerca esta sensación de abandono. De mi papá que se fue cuando yo era muy chica, formó otra familia y a mi me dejó con una mamá destruida. Y de mi mamá que, aunque hizo todo lo que pudo con lo que tenía – de lo cual voy a estar por siempre agradecida – también en cierta forma me abandonó, cuando su depresión pudo más. Y ahi estaba yo, con 14 años, sintiendo que flotaba en el espacio. Y esa sensación la tuve hasta hace unos pocos años. Tuvieron que pasar un montón de cosas para entender que tenía que dejar de buscar afuera, porque las respuestas estaban en un solo lugar: dentro mío.
Y si, correr fue fundamental. Porque se transformó en mi espacio, donde me puedo encontrar conmigo misma, con la versión de la Marce que yo elegí ser, y a la que abrazo con mucho amor. Ahí no hay pasado, traumas, dolor, tristeza ni abandono que valga. Ni planes a futuro que fracasaron, o pretensiones externas de cómo debería ser mi vida. Ahí estamos solo yo, el camino y el hermoso presente, el tan poco valorado AHORA. Y ahí, en ese instante, es cuando con mis propias manos abro ese portón, cruzo ese umbral y salgo de ahí. Me doy la libertad que siempre añoré. Eso es lo que hace el deporte, nos quita todas las máscaras, las estructuras, las pretensiones ajenas, las heridas que nos bloquean, y solo dejan lo real… lo auténtico, lo que realmente somos. Y en ese momento es donde tenemos que empezar a hacernos cargo de nosotros mismos. Lo cual es maravilloso.