Uno empieza a correr en la barda y si se deja llevar, te desconectas de todo. Muchos senderos son conocidos, y otros los inventas. La colección de rayones, raspones, compradas de terreno que junte en estos casi 13 años son mis pequeños trofeos. Así los llamo yo. Muchas cicatrices las veo y no me acuerdo de cuándo son, otras me quedaron bien marcadas. Muchas veces pienso que cada cicatriz es un dolor que llevo en el alma y que al fin logré sanar.
No es facil entrenar en nuestras bardas para después correr en la montaña. No tenemos una altimetría suficiente como para simular el castigo que puede implicar una carrera con miles de metros de desnivel. Pero se hace lo que se puede con lo que se tiene, y se logra. La montaña es imponente, con esas cumbres que te hacen sentir gigante y pequeño a la vez, pero nuestras bardas tienen su mística, y quienes las sabemos apreciar, la atesoramos.
Hijos del viento a veces nos hacemos llamar, cuando esos días que el viento toma protagonismo y salimos de la protección de la barda hacia su meseta, sentimos que nos va a tirar y nos pone un muro enfrente, y aún así le damos batalla. No tendrán la inmensidad de las montañas de la cordillera, pero tiene lo suyo, y yo lo llevo conmigo en las carreras. En nuestras bardas aprendí un montón sobre mi misma, y no hay día que no disfrute sumar kilometros entre sus senderos.