Todo llega cuando menos lo esperas

Como contaré en otro texto de este blog que inicié porque necesitaba contar mi historia, me dediqué a ir pegando los pedazos que se me iban cayendo con cada paso, así, como podía, como me salía. Y eso no lo pude sostener en el tiempo. En algún momento todo se amontonó como las varillas metálicas de la máquina de escribir... y no me quedó de otra que ir de atrás para adelante buscando el origen del embrollo para ir desenrollando la maraña de cosas en las que se había transformado mi vida.

Por mucho tiempo, me enfoque en buscar lo que quería: una salida a una situación familiar compleja, una carrera universitaria para «ser alguien en la vida», un trabajo para poder darle un futuro a mi hijo, amor de los demás para sentirme bien conmigo misma. En síntesis, me pasé muchos años de mi vida resolviendo, y realmente no vivía.

En algun punto me encontré muy perdida. Sentí que necesitaba algo, pero no sabía qué. Lo buscaba y no tenía éxito. Y en algún momento me detuve… Recuerdo patente el pensamiento: VOY A DEJAR DE BUSCAR. Y lo hice, me dediqué a reencontrarme conmigo misma. Una película que me ayudó un montón fue «Comer, rezar, amar». Ahí entendí lo que nadie se detuvo a explicarme. Que es una pérdida de tiempo buscar respuestas en otros, en placeres, en cosas materiales. El único lugar donde estaban las respuestas era adentro mío, y no lo sabía. ¿Cómo lo iba a saber, si mi mamá, que fue el centro de mi mundo hasta los 23 años – que fue cuando se me fue de esta vida – tampoco lo supo para ella, y eso hizo que la tristeza la consumiera?. No pudo enseñármelo, porque a ella tampoco se lo enseñaron… Y cuando entendí de qué iba esto, empezó a aflorar este camino en el que dejando de buscar empecé a encontrar, porque ahí es donde todo empieza a fluir con libertad y las cosas llegan a su tiempo y en le orden que realmente necesitas, no necesariamente en el orden que queres… Eso también me costó aprenderlo.