Mi mamá, mi gran inspiración

Quiero darle un espacio en este blog a mi mamá, que fue la persona que me trajo al mundo y de quién aprendí muchas cosas sobre de qué se trata la vida. No necesariamente porque me lo haya enseñado ella, sino porque observando su vida y viendo todo por lo que pasó en sus 53 años, entendí un montón de cosas que ella no llegó a entender.

Nuestra generación tiene algo que la generación de nuestros padres no tuvo: conciencia sobre lo importante que es sanar heridas emocionales, para poder seguir adelante. Mi mamá era una persona de campo, de mentalidad muy cerrada. Si en algún momento se le abrió una puerta para empezar un camino para sanar todos los dolores que fue recolectando en su vida, y arreglar todo lo que se fue rompiendo dentro de ella, directamente la cerró por no creer. En Dios sí creía, pero si sos como el hombrecito de la historia en la que está varado en una isla y le pida ayuda a Dios, pero rechaza al helicóptero, al barco, y a todo lo que pasara por ahí para rescatarlo, porque esperaba verlo a Dios en persona, no hay posibilidad de ningún milagro. Y ese era un claro ejemplo de lo que le pasaba a mi mamá. No pudo ayudarse a sí misma, y la depresión le fue quitando su luz durante 9 años (o más, porque seguramente estuvo mal mucho antes, solo que yo no me dí cuenta), hasta que un 27 de abril del 2008 se apagó para siempre. Qué dolor más grande… impensado, inimaginable, que no se lo deseo a nadie. Perder a una mamá, haya sido como haya sido, es un dolor que te deja un hueco que no lo llenas con nada. Solo te queda aprender a convivir con ese dolor.

Mi mamá vivió aferrada al pasado, al dolor, a los momentos tristes. Los traía a su presente constantemente. Con los años aprendí que cuando haces eso, para la mente es como si lo estuvieses volviendo a vivir, y tu cuerpo siente las consecuencias. Eso fue una trampa mortal para mi mamá. No la dejaba vivir su presente, que aunque no era como ella tal vez lo soñó, no estaba tan mal. Y no la dejaba proyectar un futuro para si misma. No hay corazón que aguante eso, y más cuando tu vida desde el día cero estuvo llena de abandono y desamparo. Hoy por hoy la gente llama a esto «enfermedad mental»… yo lo llamo «corazón roto».

Me costó muchos años después de su partida, poder entender que mi mamá ya no estaba. Poder convivir con el tremendo dolor que me generaba eso. No fue hace mucho, que en medio de una lesión muy dura que me tocó atravesar, mientras estaba elongando, conectada con mi cuerpo, entendí que no tenía que estar enojada con mi mamá por no haber luchado lo suficiente para no dejarme sola, que simplemente en esta vida no tuvimos oportunidad para poder estar juntas, compartir momentos, apoyarnos mutuamente. No se nos dió, pero en alguna otra vida de seguro se nos va a dar. Y en ese momento la abracé muy fuerte en mis pensamientos y me di cuenta que en realidad ella nunca me dejó sola. Siempre, siempre estuvo conmigo. En cada cumbre, en cada momento en que me sentí cansada en un entrenamiento, empujandome con el viento, animandome con el volar de un pájaro, o con las hermosas obras de arte que Dios hace en el cielo en tantos amaneceres y atardeceres que e visto en mi vida. Y en cada carrera, en cada ultra que estoy metida en medio de la montaña, mi mamá siempre está, y disfruta conmigo lo maravillosa que es la vida y eso me hace sentir muy agradecida por HOY PODER.